En vísperas de un nuevo proceso electoral las personas se preguntan quién o quiénes podrán ser los ciudadanos apropiados para solucionar los problemas del país. ¿Quiénes –nos decimos- poseerán las cualidades necesarias para ser buenos gobernantes?
Y es que desde el retorno de la democracia, pero incluso desde antes, hemos tratado de visualizar al estadista que consiga mover las propias bases del país para llevarlo al desarrollo, la prosperidad y el bienestar; hemos esperado la llegada de una especie de salvador, un personaje visionario con la voluntad, los valores y la energía suficientes para alcanzar, para nosotros y por nosotros, aquellos derroteros que nos harían sentirnos más felices, más tranquilos, más favorecidos y -¿por qué no?- más orgullosos.
Hemos elegido gobernantes de distintas características. Desde aquellos que parecía tener, no sólo el acento, sino las claves extrajeras para transformarnos en una potencia, hasta los que hoy apelan a la recuperación de lo milenario y originario, como panacea para la construcción, ya no de una potencia, sino de un “vivir bien”.
Nuestros gobiernos han privatizado y nacionalizado, para después privatizar y volver a nacionalizar. La educación ha sufrido reformas y contrarreformas, igual que nuestras constituciones, y de la misma forma que los rostros de quienes sistemáticamente han manejado el poder.
Hemos tenido gobiernos que han restado atribuciones, competencias y campos de acción al poder gubernativo y, por el contrario, otros que han ampliado el papel del poder estatal dentro de las diferentes esferas del quehacer humano. Pocos han tenido fe en las potencialidades de la acción humana, y casi todos han preferido dejar las decisiones a agentes públicos o privados, antes que a los propios ciudadanos.
Los avances logrados por todos los gobiernos hasta hoy, sin ser pocos, no han conseguido colmar las expectativas de la ciudadanía ni han satisfecho las esperanzas de la gente. Fuimos comerciantes de plata, de estaño, de petróleo y hoy de gas, y probablemente lo seremos también de litio, pero no conseguimos deshacernos de la marginalidad, la ausencia de oportunidades, la pobreza, la desigualdad, la falta de servicios básicos y la precariedad en salud y educación. Adicionalmente los males de la destrucción medioambiental y la contaminación nos azotan con mayor vigor al pasar de los años.
Sin dejar de reconocer las buenas intenciones y avances conseguidos por los gobiernos hasta ahora, es inevitable señalar que un factor común en casi todos ellos ha sido la práctica de la corrupción, la demagogia y la manipulación de las necesidades y emociones de la gente para alcanzar y mantener el poder por el poder… o por el beneficio de personas y grupos particulares.
Ta vez valga la pena preguntarnos, entonces ¿radicará la clave del avance o el retroceso en quienes nos gobiernan, o tendremos que buscarla en nosotros mismos? Si los políticos provienen de nuestra vecindad, nuestra ciudad y nuestro país ¿no será que al mejorar nosotros como personas y como ciudadanos, entrenándonos para el respeto de la vida, la libertad, la propiedad y los derechos del prójimo, incrementamos nuestras posibilidades de tener mejores gobernantes?
¿No será que debemos exigirnos a nosotros mismos aquello que esperamos de nuestros políticos, ya sea que desempeñemos el rol de ciudadanos, dirigentes, representantes o autoridades?
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