El joven hijo de una familia cualquiera consiguió empleo en el servicio nacional de aduanas y, como todo en la vida, debía elegir un código de comportamiento a ser aplicado en tal cargo.
Recordó muchas charlas familiares referidas a la caradura de los funcionarios de diferentes instancias del Estado, que aprovechan de sus cargos para enriquecerse ilícitamente, reflexiones de opinadores y analistas, reportes de prensa y otros, condenando las acciones de muchos políticos y burócratas, que utilizan el patrimonio público cual si fuera suyo, usando abusando y usufructuando sin discriminación, y transformándose en explotadores del público en lugar de sus servidores.
Optó, entonces, el joven, por hacer la diferencia y ejercer la función pública con honestidad. Todo iba bien, hasta que percibió que comenzaba a ser mirado con severa hostilidad por sus compañeros de trabajo. La honestidad del joven no era bienvenida, primero, porque no permitía a otros practicar los ya tradicionales vicios de la burocracia corrupta y, segundo, porque el único de la institución que no obtenía beneficios ilegales, no era exactamente de fiar, pues sólo estando todos dentro del negocio cada quien se sentía seguro de que no existirían soplones.
Pero eso no es todo. Al estar altas autoridades involucradas en el asunto, el joven no sólo debía soportar francas hostilidades, sino que muy pronto se le comenzó a excluir de las reuniones importantes, imponer obligaciones secundarias y reducir funciones. Notó que la honestidad era indeseable, perseguida y castigada, cuando él había creído que sería premiada.
Empero, mayor fue su sorpresa cuando descubrió que en su barrio era visto como un completo estúpido. “!Seis meses en la aduana, y no ha conseguido ni un autito!” murmuraban los vecinos, que le saludaban tratando de ocultar sus caras de asco cada vez que pasaba por la calle.
La sorpresa fue completa cuando, al comenzar la sobremesa con la familia, los padres intentaron reflexionarle sobre lo efímero de los cargos públicos, y la correspondiente urgencia de aprovechar mientras se los ocupa, “sólo Dios sabe cuándo volverás a tener una oportunidad así” había dicho su padre, mientras que su hermano mayor lo había resumido objetando “!no seas burro, tienes que aprovechar!”.
El joven concluyó, pues, que todas las quejas contra la corrupción no eran más que hipocresía socialmente consolidada, y decidió cambiar de actitud en el desempeño de sus funciones.
Al hacerlo, encontró que la complicidad generaba una especie de camaradería entre él y sus compañeros, siendo invitado a fiestas y reuniones de la institución, y recibiendo el aprecio de jefes y jerarcas por ser “un gran tipo, muy colaborador”.
En algunos meses consiguió no sólo un automóvil, sino un importante patrimonio, que hinchaba de orgullo a sus familiares, que exclamaban que a su hijo le estaba “yendo bien”.
Los vecinos no sólo que comenzaron a tener una especial cortesía hacia él, sino que le presentaban a sus hijas, con la esperanza de que, fruto del amor, se pudieran casar con aquel “buen partido”.
Así actúa un pueblo enfermo. Desde un simple examen universitario hasta un importante cargo público; el que se niega a hacer trampa es un antipático y mal compañero, y el tramposo es un gran tipo, popular entre los compañeros.
Mire a su alrededor con espíritu autocrítico, y diga si realmente aborrecemos la corrupción, o si lo único que nos molesta es que no nos llegue nuestra tajada.
Entrevista: Se pide demasiado de la democracia, la democracia tiene límites
El mal inicio del Alcalde
La potencia rusa
La despenalización de las drogas – Especial de 18 de mayo de 2015
El renacimiento del poder ruso en el mundo – Especial de 11 de mayo de 2015
Descaro en la UMSS
La crisis venezolana en el contexto internacional – Especial de 4 de mayo de 2015