Es verdad que el Estado boliviano tiene que restituir el valor de la acción política, de los partidos políticos y de los pactos, pero lo que no debe continuar es lo único que debería haberse destruido de nuestro sistema político: la pésima talla de los individuos que hacen política.
Me refiero a aquellos que son capaces de ofrecer cualquier cosa con tal de ganar el favor del electorado, aquellos expertos en endulzar los oídos de la gente.
Las promesas irresponsables si bien pueden dar importantes réditos políticos, generan falsas expectativas en la ciudadanía, y al ser inevitablemente incumplidas, lo único que logran es deslegitimar el discurso y la acción política. Además del importante hecho de que las promesas irresponsables generalmente implican mentiras.
En un libro titulado “Encuentro con Popper”, por su experiencia como candidato a la Presidencia de la República del Perú, Mario Vargas Llosa decía que “un político que quiere hacer de la política de todas maneras una práctica moral y un quehacer intelectual, debe saber que por lo general entra en una enorme desventaja con sus oponentes, que no están guiados por los mismos principios, ni siguen la misma estrategia” ¿Qué es lo que quiso decir el actual premio Nóbel de Literatura?, ¿eso implica que la política debería continuar siendo una labor de ilusionistas charlatanes?
Probablemente para que una campaña hecha con la verdad pueda tener éxito se necesitan las condiciones estructurales y culturales de la sociedad, apropiadas para ello. Es decir, mayor madurez política que conduzca a nuestras sociedades a preferir la verdad por muy dura que ésta pudiera ser. Pero mientras continúen las campañas hechas en base a mentiras, lo único que brindaremos a nuestras sociedades serán mayores frustraciones.
En el mismo encuentro, al referirse a la mentira como instrumento para llegar al éxito, Karl Popper comentaba: “Sólo los estúpidos mienten. A parte de que por supuesto la mentira es inmoral, los que mienten creen que son más listos que los demás, que llevan por mentir la delantera a los demás. Y esa creencia en su superioridad es señal de su estupidez”
Si embargo esta actitud, si ha de ser erradicada de nuestras sociedades, requerirá no solamente de la voluntad de quienes quieran hacer política, sino principalmente de que la demanda por salvadores, por vendedores de la felicidad fácil, por ilusionistas, disminuya casi hasta desaparecer. Una demanda tan marginal, que no sea atrayente para los ofertantes potenciales.
¿No queremos que nos mientan?, entonces no esperemos escuchar que alguien puede conducirnos al dinero fácil, que alguien puede regalarnos todo. La Constitución Política boliviana es el resultado de esa mentira, de la demagogia hecha Ley, de la ilusión convertida en literatura. Nos promete salario justo, vivienda, telecomunicaciones, bonos, educación, salud y un conjunto de otras cosas por las que ya no sería necesario esforzarse, sino que simplemente tendríamos que exigir al gobierno.
Los pretendidos salvadores que hoy nos gobiernan, y su Constitución, ofrecieron una limosna excesivamente grande y los bolivianos, lejos de sospechar, creyeron y aceptaron la oferta.
No se trata solamente de esperar a que lleguen los políticos con la pura verdad por delante, sino también de estar dispuestos a aceptar que la realidad es dura, que el progreso y la prosperidad requieren de esfuerzo y creatividad, y que para dejar atrás el tercer mundo debemos primero abandonar nuestra mentalidad tercermundista.
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