En primer lugar, pareciera que la noción de “respeto” tanto para Morales como para dichos grupos del MAS, pasa por la no disidencia. La discusión principal durante el congreso de cocaleros, escenario de la lamentable declaración, giró en torno a la convocatoria a referéndum de Santa Cruz y, en general, a la actuación de los opositores, que lo único que hacen es ejercer su derecho a la libre opinión y discrepancia dentro del marco de la democracia y el respeto a la investidura presidencial. Por lo tanto, como primera conclusión tenemos que, opinar diferente, o impulsar acciones distintas a las permitidas por el oficialismo, es considerado una “falta de respeto” hacia el Presidente y su gobierno.
La segunda conclusión es que tanto para Morales como para los grupos que le piden armas, el respeto no es algo que se gane a través de palabras y acciones legales y legítimas, sino algo que se impone, de ser necesario, por la fuerza de las armas.
Una tercera conclusión se encuentra en el hecho mismo de haber hecho la declaración. No se puede dudar de que existan grupos que le hayan sugerido al Presidente usar las armas para ¿generar respeto? tampoco creo que se pueda dudar de la posibilidad de que algunos sectores radicales de la oposición apuesten por la vía de las armas. Pero el hecho de que Evo Morales haga pública la petición de sus partidarios es una suerte de advertencia dirigida a todos quienes impulsan o apoyan las acciones consideradas “irrespetuosas”
Finalmente, la declaración presidencial leída entre líneas adopta la siguiente forma:
Cuidado con seguir oponiéndose a nuestro gobierno, que tengo aquí a un grupo de seguidores que me están pidiendo armas y me dicen: dé la orden jefe y nosotros haremos que los respeten aplastándolos por usted. Pero como yo soy un gran demócrata, no se las he dado aun.
Este es un claro reflejo del estilo autoritario que caracteriza a la pseudodemocracia sindical. Es claro que tanto el Presidente como sus bases cocaleras extrañan (en el ámbito nacional) la facilidad con la que, a través del matonaje, mantenían (y mantienen aun) a raya las militancias y disidencias en el trópico de Cochabamba a través de lo que se puede llamar muy cómodamente “dictadura sindical”
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